HISTORIA CRÍTICA DEL PENE (3)
-MATRIMONIOS POR CONVENIENCIA. Al finalizar el Medioevo, se publica la Celestina,
un clásico del marrano Fernando de Rojas.
El personaje representaba a una “hechicera, a una sagaz en maldades, a una astuta,
a una alcahueta, a una componedora de virgos,
a una comadrona, a una abortista, a una trotaconventos, a una maestra de maquillajes y
a una arregla matrimonios.”
También estaba aquella
que se dedicaba a explotar a mujeres
que vendían sus favores, y a entregar
a mujeres honestas, como se lee en la
historia de CALIXTO Y MELIBEA.
Las llamadas “chaperonas o
acompañantes” seguían a sol y a sombra a las parejas para que no se quedaran
solas y así evitar las
habladurías.
Tanto Mi Madre como Mi
TiaSusana, la mayor, recurrieron a los
servicios de una casamentera
--shadjente para poder encontrar marido.
En la casa de mis
abuelos hacía cada vez más difícil
subsistir. Eran seis bocas que se tenían que alimentar:
cuatro hermanas y los padres.
La tercera de las
hermanas tuvo la suerte de casarse por
amor; y una desgracia: la de morirse joven.
La menor, y sin dudas
la más bonita, se casó con un viudo. La relación tuvo algunos altibajos
y un final abrupto.
Mi Tía estaba
hospitalizada en grave estado. Su marido, aburrido de tantas vigilias, se
puso alardear con un sobrino, sobre sus aventuras amorosas pasadas.
Mi Tía, cuando salió
de su estado comatoso, no volvió hablar hasta la muerte de su marido. Había
oído todo lo referente a las infidelidades de Mi Tío a quien siempre había considerado un tipo incapaz de meterle los cuernos.
Mi Tía, la mayor. físicamente
era la menos agraciada de todas sus
hermanas. Siendo joven parecía una vieja. Era alta, algo flaca, encorvada, quizá por el peso de sus grandes
pechos; tenía el traste chato y unas
piernas como las de Olivia, la esposa de
Popeye, el marino. Su pelo enrulado lo domaba haciéndose un rodete. Sus ojos eran
pequeños y oscuros, opacados por la tristeza. Tenía la boca grande que la deformaba por el uso
desmesurado del lápiz labial. Era como
buzón sin carta.
En la Secundaria sus
docentes le habían augurado un
gran porvenir en las Matemáticas. El
destino ignoró su talento.
En
medio de un mar de lágrimas le dio el ‘Si’
a su futuro marido, un señor rumano, un
cuarto de siglo mayor que ella; corpulento,
pelado y cojo (utilizaba un zapato especial para igualar las
gambas.)
No debo ser tan
drástico con él: era agradable en el
trato y solícito como buen comerciante.
Llevaba una vida muy simple dedicada enteramente al trabajo en un
negocio de autopartes en el barrio de Once, que lo atendía junto a su
hermano Isidoro, un soltero
irrecuperable que hacía una doble
función: de vendedor y sereno.
Mis Tíos vivían en un caserón que
habían alquilado en el barrio de Caballito,
Mi Tío nunca se iría de aquí.
La vivienda se prestaba para ser la
locación de una película de terror.
Mi Tia al igual que mi,
Mi Madre no vistió de blanco.
Después del acto
religioso a cargo de Mi abuelo Godolia (también casó a Mi Madre), hubo un
almuerzo íntimo y nada más.
Desde un primer el
momento no compartieron la cama matrimonial, que quedó para uso exclusivo de Mi
Tía. Su esposo tenía para sí una
pequeña habitación. Había que pedirle permiso para entrar.
Mis Tíos tuvieron solo
una hija, menor que yo en un año y medio hasta que dio en el blanco. El 22 agosto de 1942, diez meses después de
mi nacimiento.
MIS PADRES. A Mi Padre le agarró el síndrome del viejazo cuando cumplió los Treinta
cuatro años de edad.
Nunca le habían
faltado mujeres, el tema que todas eran
católicas. Casarse con una goiá era
tirarse a la familia
en contra. La colectividad estaba muy sensibilizada. Europa estaba en llamas y en
la Argentina sobraban los
antisemitas.
Las paisanas en
condiciones de casarse que había en
Concordia a Mi Padre les resultaban
sencillamente horribles.
Viajó a la metrópoli para buscar esposa. Entró en la
agencia matrimonial donde estaba anotada
Apenas vio las fotos de Mi Madre, no dudó en elegirla.
Al mes de conocerse se casaron. Fue apenas
un ágape en el caserón de Mi Tía la mayor.
De la familia de
Concordia no vino nadie. Acompañaron al novio las dos primas suyas que vivían
en Buenos Aires.
Mi Padre, con unos pocos disparos, embarazó a Mi Madre. Y al
cabo de nueve meses, el 22 de octubre de 1941, llegué yo.
MI DESPERTAR
SEXUAL.Mis Padres
nunca me dieron pie como para que yo les
pudiera preguntar todo lo relacionado con
el sexo. Tampoco sabía cómo encararlos.
Yo en la calle oía cosas que me resultaban
totalmente extrañas. Los chicos del
barrio cuando se ofuscaban se gritaban:
“La concha de tu madre; Hijo de puta; Te
cogieron la madre; Che conchudo; Me
enteré que te rompieron el culo”, y otras expresiones por el estilo.
En
el baño de casa había un tacho multiuso. Un día que estaba a medio tapar vi un montón de algodones sanguinolentos. Se me
ocurrió relacionarlo con Mi Madre.
Porque si Mi Padre se sentía mal,
se enteraba toda la casa.
Me
obsesionó la situación: Mi Madre estaba
gravemente enferma. No aguanté más y me fui a buscar
al único primo que tenía en Concordia, que era
dos años mayor que yo. No era, lo que se dice, un tipo piola, pero no me quedaba otra, que
recurrir a él.
Mi
Primo, era medio retacón, tirando a gordo, más colorado que un tomate, y se pasaba todas las tardes sentado en el cordón
de la vereda mirando pasar las horas. No
le gustaba estudiar y en su casa le dejaban hacer lo que se le antojaba.
Me
acomodé a su lado y sin rodeos me desahogué. Con cara de tipo que la sabe lunga
me dijo: “Che boludo: lo que tiene tu madre es la regla”. Y con poco rigor científico me explicó lo que era la menstruación.
Recuperé
el aliento: Mi Madre no se iba a morir.
Ya
más animado, le conté a Mi Primo que había visto a Mi Padre corcovear sobre Mi
Madre. El tipo largó una carcajada. Y sin mejorar su lenguaje
me dijo: “Pelotudo: tus padres estaban cogiendo.” Comprendí que a ese
subibaja se le decía “coger”. Y entendí porque Mi Madre, que
eran tan rigurosa con la siesta
me había permitido que me fuera a
jugar a la calle.
UN DON JUAN DE ESCASO VUELO. Cuando Mi Tía, la colorada, la madre de mi primo enviudó, decidió irse a vivir a Israel. Sus dos hijas se
fueron con ella, en cambio, su hijo decidió quedarse en Concordia.
Liberado de las mujeres,
Mi Primo creyó tocar el cielo con
las manos. Tenía casa propia, coche y
buenos ingresos: se habìa quedado con el reparto de cigarrillos de su padre.
Solamente le faltaba la mina.
Después de un corto andar sus fantasías se
vieron sepultadas por la cruda realidad: ninguna de aquellas que él
pretendía se fijaban en él. Es que ofrecía muy poco para ser un Don Juan: para
colmo hablaba como un campechano: le
faltaban las eses y le sobraban los haigas.
Para aflojar la
calentura optó por un prostíbulo que era
bastante discreto cerca de la Sociedad
Rural. Estaba satisfecho con la decisión hasta que un día se le dio por hacer
números y se dio cuenta que se le iba un
fangote de guita, entre tragos y sexo. Retornó a una rutina pueblerina: dar la vuelta al perro
por la plaza San Martín.
Como no pasaba nada se encerró en su casa
esperando que soplaran
mejores vientos.
A veces se produce lo inesperado en el momento
menos pensado.
Mi Primo estaba cerrando el portón del garaje después
de sacar su coche para iniciar su rutina
diaria cuando se encontró de frente a
la empleada doméstica de uno de sus vecinos. La saludó y ella le sonrió. Mi Primo sintió que su corazón brincaba.
La chica era
una morocha interesante de
unos veinticinco años de edad, (siete
menos que él), con unos atributos físicos más que suficientes
para atraer a un tipo sin pretensiones como él.
Dos días después él se
le animó y la invitó a salir. La joven aceptó el convite: estaba decidida
a conquistarlo, no quería ser una
fregona toda su vida.
Un tiempo se hizo la estrecha. Cuando
consideró que había llegado la hora de
entregarse, abrió las gambas e inició una relación sexual vertiginosa para que Mi Primo creyera
que estaba enamorada de él.
Todo marchaba sobre
ruedas. La joven se sentía feliz, le faltaba poco para convertirse en Señora de….
Mi Primo gozaba el doble:
pensando en las pelas que se estaba
ahorrando no yendo al quilombo.
Se le oscureció el horizonte cuando la muchacha le anunció
que estaba preñada. Él mostró
paternal. Le dijo que no se hiciera ningún
problema que se encargaría de todos
los gastos que demandara la
interrupción del embarazo.
A la mucama se llenaron los ojos de
lágrimas. Mi Primo pensó que a la chica
se había emocionado por su gesto
de no dejarla librada a su suerte en semejante circunstancia.
Una mañana Mi Primo se despertó sobresaltado: golpeaban la puerta del zaguán Se puso una bata vieja que había sido de su
padre y fue abrir. Para qué: se encontró
con dos muchachotes con caras de pocos
amigos, quienes se identificaron como hermanos de la mucama. Sin el menor rodeo, le
dieron a entender que debía casarse si
no quería recibir la tunda de su
vida.
Mi Primo que no era
ningún héroe, arrugó. Se casó por civil.
Mientras
daba su conformidad ante la jueza recordaba lo que le había dicho su madre: que
algún día se iba a arrepentir de no
haber hecho aliá (emigrado).
Mi Primo trataba a su
mujer como su padre trató a su madre: como si fuera su sierva. Eso sí, nunca le
levantó la mano por temor a sus cuñados.
Jamás salió a pasear con ella. Y
mucho menos con su hijita. En cambio, no menospreciaba el cus de la hembra. Y
ella cumplía sin chistar su rol esposa,
procurando darle placer a pesar de la
evidente mezquindad de su marido.
A Mi Primo lo vi por
última vez en 1984. No me dejó conocer a su familia.
En 1986 Marcos
se separó de su mujer. Le dejó todo lo que tenía y se fue del país.
AMOR DE COLEGIAL
Y OTRAS PASIONES. En cuarto grado
tuve mi primera frustración sentimental.
Se me dio por escribirle a una
compañerita unos poemas. La piba
era flaca, casi un palo, rubia con pecas, bastante insulsa, pero a mí me gustaba.
Los versos escritos a mano se los hice llegar con la nena que se sentaba a su lado.
Cuando
la Insulsa se enteró quién era el autor de esas rimas, las tiró a un cesto de basura, sin importarle
que yo la estaba mirando.
Como todo hombre que se ve rechazado por una mujer, para amortiguar el impacto se me dio por adosarle todos los defectos posibles.
Y así me la quité de mi cabeza.
Esta experiencia me sirvió para darme cuenta que la seducción no sería mi fuerte. No daba con ese perfil
del hombre que cumple con todas las expectativas del mal llamado sexo débil:
que
aparece y deslumbra; que hipnotiza con su mirada haciendo que una mujer
no pueda resistirse a sus encantos.
Al año siguiente me agarré un tremendo
camote con una estudiante que cursaba el Magisterio. Ella venía a nuestro curso para
ser examinada en Didáctica.
Yo le
prestaba una exagerada atención para demostrarle que me interesaba su
materia. Me volvía loco si algún compañero la molestaba. Yo pensaba que así podía ganarme
su amor.
Cuando llegaron las vacaciones de verano durante quince días me sentí abrumado sabiendo que no la volvería a ver más.
Por
suerte Mi Madre me alejó de ese círculo vicioso: me llevó a las Sierras de Córdoba para que mi asma crónica se sosegara.
Así fue como
se me licuó mi pasión por esa practicante. Comprendí que las pasiones que no se riegan
finalmente se secan.
Nunca supe si en la Escuela Normal de
Concordia hubo alguna relación amorosa entre
una docente y su alumno. Y mucho menos como el que
surgió entre la profesora francesa de
Literatura, GABRIELLE RUSSIER (n.1937), de treinta y dos
años y su alumno de
dieciséis.
“Denunciada por los padres del adolescente
terminó en la cárcel.
Consiguió su libertad después de un largo juicio.
Pero su vida seconvirtió en un infierno. Se suicidó inhalando gas de las hornallas de su cocina.”
En el año 1998 en la ciudad argentina Punta Alta,
estalló un escándalo semejante cuando
alguien abrió la boca para decir que un compañero de su clase, de doce años de edad, había mantenido relaciones sexuales con su
maestra de treinta y dos.
La cosa tomó ribetes novelescos. La acusada zafó
por las contradicciones suscitadas entre los que la denunciaron y el chico que
la pasó bomba.
En
los EE.UU., existieron historias
parecidas pero ninguna de ellas tuvo un
final trágico y tampoco la misma trascendencia.
Muchas de las acusadas fueron
a parar a la cárcel, pero cuando recuperaron la libertad se casaron con sus
amores adolescentes.
En
la Argentina trascendieron casos de pedofilia: maestros forzaron a niños de
escuelas primarias y jardines de infantes.
La
Iglesia católica ha tenido que
enmascarar actos de desviación sexual, cometidos por sus prelados, pagando millonarias sumas.
(Continuará)
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