LA CRÍTICA DEL PENE (6)
En el año 1998
estuve trabajando en un geriátrico en Israel. Había
una asistente que era muy condescendiente
con algunos de sus compañeros de trabajo.
Una vez vi como le permitió a un abuelo que le tocara una teta mientras le cambiaba el pañal.
Ella me decía: “hay que darle
un poco de vida a quien ya no la tiene.”
En este mismo geriátrico conocí a una
señora viuda de unos sesenta y cinco años de edad que quería a toda costa tener
una vida sexual plena. Se vio frustrada por decisión de la Enfermera jefe,
quien la catalogó de ninfómana e
incómoda para la institución.
Una mañana LA NINFÓMANA del geriátrico, no vino a
desayunar. Si bien no estaba en mi sector, su ausencia
despertó mi curiosidad. Cuando entré a su
habitación me encontré con una
zombi atada a su
cama. Tenía puesto un pañal y una
sonda vesical. La tipa nunca más volvió a caminar.
Una vez
sorprendí a un asistente árabe israelí masturbándola mientras le
cambiaba la ropa de cama. La mujer se
retorcía de placer. Mi colega se justificó diciéndome que lo hacía por piedad.
A la pobre mujer ni un regimiento le hubiese podido calmar sus ardores vaginales. Aún estando en la silla
de ruedas buscaba un punto de
fricción para darse un poco de placer.
LA ZOOFILIA. Ha sido una de las tantas
distorsiones sexuales practicada por el Hombre. “Existió en la prehistoria, y siguió siendo una costumbre en el suroeste de
África, en el Caribe colombiano y las Antillas.” “En el año 1583 un español de apellido Zaragoza fue condenado a cuatro años de cárcel por
mantener relaciones apasionadas con una mula que no era de su propiedad.”
“Cuando los italianos atacaron la
ciudad francesa Lyon en 1562, trajeron consigo unas dos mil cabras para reemplazar
a las mujeres ausentes.”
En algunos países del
Oriente Medio existe una “controvertida ley islámica que permite tener
relaciones sexuales con corderos, pero
prohíben comer su carne.”
En el año 2004, en una zona
rural de Mar del Plata, hubo un émulo de Zaragoza: se clavó a una burra, pero con tanta mala leche
que quedó abrochado al animal.
Sus gritos fueron oídos por unos vecinos quienes alertaron a la Policía
y a un servicio de ambulancia. Los
paramédicos, después de realizar un sinfín de maniobras consiguieron liberarlo
de tan incómoda situación.
PARAFILIA. Es
un comportamiento sexual que no siempre su objetivo es la cópula. “Puede
tratarse de sadismo, masoquismo,
exhibicionismo, voyeurismo, zoofilia, la coprofagia, necrofilia y
fetichismo.”
Un caso extremo de parafilia fue la del ingeniero aeroespacial, el
estadounidense “Kenneth Pinyan (n. 1960), quien solía acercarse hasta una granja para dejarse encular por caballos sementales.
Con sus compañeros de correrías
grababa estas prácticas en vídeo, distribuyendo después las cintas entre
sus conocidos zoófilos bajo el sobrenombre de ‘Mr. Hands.’
Durante unos de estos encuentros
un semental árabe le causó la
perforación del colon. Pinyan
rehusó acudir a un hospital y murió desangrado. Tenía cuarenta y cinco años de edad.”
CONVIVIENDO CON PROSTITUTAS. En el año 1958, siempre perseguido por el asma,
volví a Mendoza. Me fui a vivir a una pensión de mala muerte propiedad de la
familia de mi amigo, el mendocino.
Lo único bueno que tenía el lugar era
su ubicación: estaba frente al
paseo la Alameda y a pocas
cuadras del microcentro. Aquí conocí la
prostitución en su real dimensión.
A través
de la historia, las prostitutas han sido
rechazadas por todos los grupos sociales. En gran parte del mundo
su actividad es castigada, juzgada, mientras sus
clientes casi nunca se los
sanciona por consumir sexo tarifado.
EN LA RELIGIÓN JUDÍA no se prohíbe
la prostitución, solo que deben
ser practicadas por mujeres que
no pertenecen a su comunidad. “En
tiempos de Moisés (siglo XIII adC),
existían severas restricciones para
evitar la propagación de enfermedades
venéreas.”
No lo vi, pero me contaron que muchas jóvenes
religiosas, ejercen la prostitución, sin pensar que Dios las puede castigar.
En las antiguas Grecia y Roma, “las prostitutas
vestían diferentes de las demás mujeres
y, además, debían pagar altos
impuestos.” “Las hetairas griegas
eran bellas, inteligentes e
instruidas, y se dedicaban a ser damas de
compañía de varones ilustres.”
La prostitución era practicada tanto por mujeres
como por hombres jóvenes.
El término griego para la prostitución es ‘porne’ derivado del verbo pernemi (vender), lo que ha generado una acepción
moderna bien evidente.
“Las prostitutas griegas estaban obligadas a vestirse con ropas
distintivas y pagar impuestos.”
Una hetera griega, Friné (n.328 adC), célebre por su belleza, fue “la musa del renombrado escultor
Praxíteles quien se inspiró en ella para esculpir
a la
diosa Afrodita.”
Una hetaira muy requerida aceptaba
solamente acostarse por amor.
“Lais de Corinto accedió los requerimientos
del filósofo Diógenes, que vivía en un
tonel, en cambio, rechazó al famoso
orador y político ateniense Demóstenes (n.
384 adC) quien le había ofrecido mucho dinero si ella aceptaba acostarse con
él.”
En Roma “la prostitución era habitual y
había nombres distintos para las mujeres que la
ejercían según su estatus y
especialización. Por ejemplo: las cuadrantarias, llamadas así por
cobrar un cuadrante (una miseria); las felatoras, practicantes expertas de la felación, etc.”
Las prostitutas comunes eran “mujeres
independientes y a veces influyentes que tenían que llevar vestidos de color
púrpura que las diferenciaban de las demás mujeres y que, como las griegas,
debían pagar impuestos.”
“Muchos hombres eran prostitutos.
Esperaban a las mujeres que
salieran de los baños públicos, y solicitaran
sus servicios sexuales.”
Según la “jerarquía romana,
un hombre sospechado de practicar cunnilingus—sexo oral, a una mujer
se lo rebajaba mucho más que uno que fuera
penetrado por otro hombre.”
El principal poeta lírico y satírico en lengua latina. Horacio
(Quinto Horacio Flaco n. 65 adC), prefería
a las prostitutas porque no lo hacían esperar.
En la época
medieval NO HABÍA PAPA que no tuviera
una serie de concubinas a su nombre. Alfonso
XIII (n. 1886) se hizo conocido por su
terrible afición a los prostíbulos y a la cinematografía pornográfica.”
“LAS BARRAGANAS eran mujeres que
convivían con los sacerdotes en sus casas, bajo la apariencia de criadas; en
realidad eran prostitutas.”
En la Edad Media, “las prostitutas, ocultaban sus negocios haciéndolos pasar por casas de masajes o tabernas.
Ellas colgaban en sus puertas
ramas, por esa razón, se las conocía como ‘rameras’, una palabra que les sonaba
más púdica que prostituta.”
En el siglo XVI la
ciudad francesa de Toulouse, “el impuesto generado por la prostitución
era compartido entre el gobierno de la ciudad y la universidad.”
En las ciudades más importantes
de Europa se fueron abriendo los primeros burdeles que en España tuvieron un enorme impulso
“durante el reinado de Felipe III (n. 1578). Unos ochocientos serrallos
estaban abiertos día y noche.
Estas casas de mancebía eran controladas
por la sanidad pública.”
La mayor represión contra
las mancebías “fue realizada, con depurado cinismo, por un experto en todo tipo
de lujurias y promiscuidades, el rey Felipe IV (n. 1605), uno de los monarcas
más disolutos de la historia española.”
En el siglo IV, el concilio
de Nicea condenaba a clérigos de
vida licenciosa que podrían equipararse
a los goliardos, que eran sacerdotes y estudiantes vividores.
En la Regla benedictina y
en otros textos canónicos posteriores se vuelve a mencionar la
figura del clérigo vagabundo y ocioso.”
A mediados de los años
cincuenta del siglo pasado, MENDOZA se
había convertido en una plaza más que rentable para el trabajo sexual. Había un incesante
flujo turístico, especialmente chileno,
que consumía sexo pago. También,
estaban los colimbas de la Cuarta Brigada Aérea y los Cadetes
de la Escuela Militar quienes merodeaban
las zonas donde se concentraban las golfas, especialmente en el paseo de la
Alameda.
A estas mujeres las he visto
correr, huyendo de las redadas policiales. Se las perseguía por negarse a
pagar peaje.
Las que eran cazadas eran
llevadas a una comisaría donde se las
trataba de ablandar mediante golpes y violándolas.
Las que se mantenían en sus
trece se las acusaba de alguna
contravención lo que les significaba pasarse un tiempo presas. Las
prostitutas que vivían en mi pensión
en Mendoza tenían sus respectivos
proxenetas. Ninguna de ellas hacía la calle. Tenían un arreglo especial con los
taxistas para que les consiguieran los clientes. Y así, de a poco, iban armando su cartera de
abonados sexuales.
Una de esas
mujeres se había encariñado conmigo. Muchas noches yo le cuidaba
su criatura porque su fiolo se
pasaba casi todos los días jugando a las
cartas, en algún garito de la ciudad.
La prostituta me contó cómo entró
en este laburo:
“Oscar era vecino mío. Un día desapareció. Después me
enteré que se había ido a vivir a Mendoza.
Yo estaba desesperada por irme de mi pueblo. Cuando me ofreció unirme no
dudé y lo seguí. Y así me fue.
Durante cinco días me tuvo
entretenida en un lujoso hotel de la
capital mendocina. Hasta que un
día se deschavó: era un tirado que vivía de prestado en una pensión de mala muerte.”
María creyó que se moría. No podía parar de llorar. Cuando logró calmarse, se
puso a buscar trabajo. En los clasificados
del diario Los Andes se pedía gente con experiencia y
referencias. Ella no tenía ninguna de las dos cosas; a duras
penas había terminado la Primaria.
Quedó a merced de su vecino quien, al poco tiempo, la llevó a prostituirse. Y dos años después la
embarazó.
Un personaje de antología era Raúl el tanguero quien vivía a costilla de una veterana, quince años
mayor que él, y que había sido
meretriz en el prostíbulo
que la madre de su proxeneta
tenía en
Comodoro Rivadavia.
Raúl fue cantante de tango hasta
que el cigarrillo le arruinó la voz. Tenía dos composiciones registradas a su
nombre.
Cuando la madre del Tanguero se
dio cuenta que su hijo era un clavo
remachado, y que no había forma de que trabajara, le
dijo a la Veterana que se lo llevara a
Mendoza, donde ella podría vivir de su cuerpo y el muchacho de ella. Y
así fueron a parar a la pensión Santa
Isabel, donde yo los conocí.
En esta pensión había dos
hermanas cordobesas, feas y obesas,
pertenecientes a una distinguida familia de la ciudad de Rio IV.
Una de ellas, creyendo que
estaba destinada a ser monja se
desesperó; decidió darle a la matraca con el primero que arrimara la bocha. En
el primer envión se embarazó. Como el asunto tenía que quedar tapado por el
honor de la familia, las hermanas se vinieron a Mendoza.
A la madre soltera no le iba tan bien en el trabajo, como
a su hermana que se las arreglaba para dar placer del bueno sin que le afectara
su excesiva gordura.
El único momento grato que
tuvo la madre soltera fue cuando el excampeón mundial de los pesos moscas,
Pascual Pérez (1926), se convirtió en un cliente consecuente después que su mujer lo
dejara para irse con quien habìa sido su manager.
HEBREOS FACINEROSOS. “La
Sociedad Israelita de Socorros Mutuos Varsovia, que luego cambió su nombre por
el de Zvi Migdal, (el nombre de uno de sus directivos), hizo
historia en el mundo del hampa, explotando a unas pobres mujeres polacas
a quienes traían engañadas a la
Argentina.”
Todo este gran negociado de la prostitución terminó un 27 de setiembre de
1930 cuando la buena Justicia argentina ordenó la detención de los ciento ocho
mafiosos que integraban la organización.
Fue clave para desarticular a Zwi Migdal, el valiente testimonio de una de las esclavas blancas, la ucraniana
Raquel Liberman (n.1900), cuya azarosa vida dio lugar a libros, documentales y
un largo metraje.
¡QUÉ CAGÓN! Decir
que nunca fui un valiente, no es decir
nada original. Fui incapaz de
asumir grandes decisiones, por mis miedos y mis vacilaciones.
En agosto de 1960 se me presentó la posibilidad de tener una pendeja todo
terreno: ella me aseguraba terminar con
mi castidad y la posibilidad de
pasear semanalmente mi polla
por su coño complaciente.
LA CHUCHI era la mucama
de un médico. La conocí un día que ella estaba baldeando la vereda. Se me ocurrió saludarla y me respondió con una amplia
sonrisa. Me le fui al humo. Esto pasó un
martes. Quedamos en encontrarnos el día domingo, que era su día franco: íbamos a ir a un cine que
estaba en la periferia de la ciudad. Elegí la
matinée porque a esa hora la sala
se convertía en una especie de hotel alojamiento sin camas. Se podía
franelear libremente.
Se proyectaba Fin de Fiesta, dirigida por
Leopoldo Torres Nilsson (n.
1924), y el argumento se basaba en una historia escrita por la esposa del
director Beatriz Guido (n. 1924.)
El hecho que la película fuera argentina nos permitía conocer su argumento sin tener necesidad de mirar la pantalla.
Me emperifollé como para una fiesta de gala. No todo lo que
me puse era mío: los hombres que vivían en la pensión me prestaron una corbata, una
camisa y un par de zapatos. Y hasta me dieron
Plata para los gastos en un día que se me presentaba memorable.
Con la Chuchi nos ubicamos en una de las últimas filas. Yo me quité el
sobretodo y a ella le ayudé a
sacarse su tapado. Los abrigos los colocamos
en nuestras respectivas faldas, como para preservar la intimidad.
No se habían terminado de apagar las luces de la sala cuando la Chuchi y
yo nos estábamos matando a los besos. En una hora y media vacié tres veces mi reservorio espermático.
Como la Chuchi estaba predispuesta
a todo ella sola se bajó los calzones. Entré
a su cuevita un par de dedos.
Noté que tenía el orgasmo fácil.
Después del cine nos fuimos directamente al gran Parque de la ciudad: era cuestión de cruzar una calle para entrar en
una fronda que nos ocultaba de la gente que transitaba por la avenida Boulogne Sur Mer.
Había que tener ganas de morirse de frio.
Nuestra calentura hacía posible
semejante sacrificio.
Yo armé una especie de telo:
extendí mi sobretodo para que la gurisa se recostara y su tapado ofició
de almohada. Me senté a su lado. Mientras la besaba con una mano recorría los
planos exteriores de su cachucha. Ella se aferró a mi pito
que había recobrado su altivez. Cuando sentí que iba a acabar apuré el trámite: hice que adoptara la
posición del misionero.
La Chuchi, a pesar de su
calentura, estuvo lo suficientemente lúcida como para recordarme que no me había puesto el preservativo.
Con el condón le demostré todo lo inexperto que era.
Cuando pude cubrir la totalidad de mi poronga, intenté penetrarla pero no la emboqué, y acabé
antes de entrar. Mi pobre pito se sintió desvalido: se había transformado en
un reblandecido pedazo de carne.
Mi congoja fue enorme por no haber
respondido a mis expectativas y a las necesidades de la Chuchi. Ella se mostró
comprensiva y me ofreció la posibilidad de redimirme.
Con toda la paciencia del mundo
logró que mi miembro recobrara su dignidad. Con mucha habilidad y
rapidez me colocó un nuevo preservativo.
Luego se recostó y abrió sus gambas todo
lo que más pudo para que yo pudiese
entrar sin contratiempos.
Mientras ella esperaba la llegada de mi nabo me pidió que le tocara
las tetas porque era algo que le producía
un enorme placer.
Yo ya había arrimado la bocha; mis
huevos rebotaban entre la vulva y el perineo.
La piba apreciaba mi esfuerzo. A través de su respiración yo percibía que habìa un orgasmo en puerta. Decidí dar la estocada final.
En ese mismo instante mis ojos se estrellaron contra la figura de un guardaparque, que venía cabalgando en nuestra dirección. Me
devoró el cagazo. Solo atiné a tomar mis pilchas y salir
rajando. Terminé de quitarme el forro y
de acomodarme la ropa en la parada del
colectivo.
La Chuchi se transformó en un rápido pasado. Nunca
más la volví a encontrar.
Esta terrible
experiencia reforzó mi natural pavura, de la que nunca más me iba a poder librar.
No fue este mi único
acto de cobardía. Después de la Chuchi
se me dio una relación con la Auxiliar
de mi dentista.
Yo iba al consultorio dos veces
por semana para tratarme de un par de
dientes que estaban cariados. Me
había arruinado la dentadura por tenerle
miedo al torno. Un día tomé coraje con tal de no verme desdentado.
LA AUXILIAR DEL DENTISTA tenía
veinticinco años, pero hablaba como una pendejita. Daba la sensación de ser medio tontuela, mucho
más cuando me dijo que sólo entregaría su virginidad a quien la desposara.
A mí me tocaban todas. Por
otra parte, me lo tenía merecido. La
piba era una rubia original aunque sin el
encanto de las güeras. Tenía unos
pequeños ojos marrones y una sonrisa poco convincente. A pesar de ser un cuerpo menudo, el suyo tenía sus encantos y eso era lo que,
en definitiva, me atraía de
ella.En cambio, me fastidiaba el
exagerado olor a perfume que despedía su ropa. Creo que utilizaba esas fragancias que venían en
envases aristocráticos y sus
contenidos eran una mala copia del
original.
Para saber hasta dónde iba la cosa; cada
vez que me ponía el babero yo la besaba.
Y cuando me animé a tocarle el busto no me rechazó. La invité al cine.
Yo era consciente que con ella no iba a pasar naranja. Pero me servía como
un programa de fin de semana.
Para darle un carácter distintivo a
la primera salida, elegí una sala céntrica, una de las mejores de Mendoza el Ópera,
se estaba proyectando Los Desnudos y los Muertos, cuyo argumento estaba basado en un
libro del escritor norteamericano Norman Mailer (n. 1923.)
La auxiliar del dentista no aceptó que yo le pagara la entrada. Estuve
de acuerdo porque entre nosotros no había nada formal. Yo tampoco estaba para grandes gastos. Los pocos mangos
que yo podía reunir cada fin de semana,
eran las propinas que me daban las
prostitutas de la pensión, como retribución cuando les hacía algunos mandados.
El domingo amaneció como para
ir de picnic y no estar encerrado en un
cine. De todos modos, ya
no podía cambiar lo que ya estaba
programado.
Ansioso, como siempre, llegué media hora antes de lo previsto y me paré en un punto estratégico desde donde
se podía ver a la gente que
ingresaba a la sala.
Estaba pensando qué táctica emplear para
que la Auxiliar aceptara mis toqueteos sin que por ello se ofendiera, cuando la veo venir caminando lentamente en dirección al cine. No estaba
sola, la acompañaba de una señora
mayor. No podía ser otra que su
madre.
No lo pensé dos veces: me mandé a
mudar y nunca más volví al consultorio.
El tratamiento quedó sin terminar.
Tuve otra agachada, tan jodida como el de la Chuchi. Se me cae la cara de vergüenza, cada vez que
recuerdo la manera que desairé a una
joven chilena todo por la bronca que yo tenía porque Boca había perdido su partido con
San Lorenzo de Almagro.
LA CABRA había venido con una tía en plan de compras.
Se alojó en la pensión donde yo estaba viviendo. Tenía diecinueve años era muy delgada y su
rostro no era particularmente atractivo.
Mi Amigo el mendocino, con su
natural capacidad de seducción, no tardó
en conquistarse a la tía. Entre ambos se programaron una salida y como
a la sobrina había que acomodarla con
alguien me la adosaron a mí.
Era domingo cuando los cuatro nos
fuimos hasta al Cerro de la Gloria, un lugar que las dos
mujeres querían conocer. Después seguimos caminando hasta el Zoológico que se
halla en una de las laderas del Cerro.
Mi Amigo y la Tía se distanciaron
de nosotros para perderse entre unos yuyales.
La sobrina que conocía a su parienta se la imaginó garchando de lo lindo,
y le entraron ganas de probar a un Che.
Prácticamente se me tiró encima. Yo no estaba de humor por las razones ya
conocidas.
Si bien se quedó unos cuantos días en la pensión no volvió a dirigirme la palabra y con justa razón.
Mi polla me volvió a maldecir.
(Todas las
notas se hallan en elrincondelosimpios.blogspot.com/ LA VIDA DE LOS GENITALES
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